Thursday, May 09, 2013

¿Dónde estoy?

Más o menos en tu cabeza. Podría definirse así.

¿Y tú eres...?

Ya sabes quien soy. Has hablado conmigo varias veces. Evitemos los nombres.

¿Y por qué estoy aquí?

Tu pequeña crisis de fe.

¿Pequeña crisis de fe?

Haces muchas preguntas, ¿no te lo habían dicho? Verás, estás en un momento que está pasando muy desapercibido en bastantes aspectos, pero la verdad que es que, desde cierto punto de  vista, puede considerarse crítico.

¿Eres Dios?

Bueno, puedo ser Dios, puedo ser tú mismo, tu conciencia, o un escarabajo pelotero reflexionando sobre ti. En realidad puedo serlo todo y nada al mismo tiempo. Así que escoge el concepto con el que estés más cómodo y sigamos hablando.

Vale, me parece bien. Digamos que eres Dios.

Pues adelante. ¿Qué te ocurre? ¿Por qué estás tan preocupado?

Bueno, tú mismo lo has dicho. Crisis de fe.

Irónico si tenemos en cuenta que has elegido identificarme como Dios.

Bueno, quizás sea precisamente por eso. Quizás te necesito ahora mismo más que nunca.

No te creas. Si me necesitas o no, eso no depende del momento. Es una constancia. Pero si te sirve de consuelo, sea Dios o sea solo una reflexión interna que estás teniendo ahora mismo, tampoco hay tanta diferencia. No me voy a ninguna parte. Y por si no te has dado cuenta, te estás yendo por las ramas.

Pero si eres tú el que me suelta los rollos.

A ver, seamos claros aquí. A mí no puedes engañarme. Tienes miedo.

Bueno, no sé si miedo es la palabra.

Tienes miedo. Tienes miedo a estar equivocado. Tienes miedo a descubrir que ya no necesitas a Dios. Tienes miedo a darte cuenta que has estado creyendo en un ser imaginario inventado por personas no más poderosas que tú o cualquier otra persona por el motivo que sea. Tienes miedo a que una parte de ti se vaya. Es más, tienes miedo a no haber podido tragarte tus propias palabras.

Vale, en eso me has pillado. Diría que tienes razón. ¿Pero sabes qué? Ahora voy a hablar yo. Sí, tengo miedo. Estoy asustado. ¿Y si resulta que he estado hablando a un amigo imaginario todo este tiempo? ¿Qué va a pasar después? Todas esas veces que afirmaba que mi fe no era una cuestión de educación, sino de sentimiento. Porque lo llevaba dentro, sentía que tenía sentido. Como estar enamorado; sin sentido pero con sentido. Y si resulta que no... No sé qué va a ser de mí. No por miedo a que no haya Cielo y después de morir no venga nada. Tampoco por la idea de admitir que estaba equivocado o la idea de que solo seamos polvo. Es más bien la idea de que algo que ha estado tan dentro de mí tanto tiempo resulte que era... nada.

Escúchame. Escúchame atentamente porque creo que esto puede ser importante para ti. Nunca es nada. ¿Crees que va a cambiar algo que exista o no Dios?

Sí, cuando lo preguntas me da la sensación de que sí.

Piensa más profundamente. ¿Lamentas alguna relación del pasado? ¿Incluso las que salieron mal?

No, realmente no.

¿Lamentas las personas que conociste pero ahora han desaparecido de tu vida?

No.

Mira, la fe es precisamente eso. La sensación interna de creer que existe algo. Sin explicación y lógica, simplemente lo crees. No es algo que puedas forzar. Como no se pueden forzar relaciones. En realidad, exista o no Dios tiene menos importancia de la que crees. Piensa en quién has sido. Cómo has crecido. Qué cosas has sentido. En tu corazón había un hueco para la fe. A veces más grande, a veces más pequeño. Pero te diré una cosa. La existencia o la inexistencia de Dios no va a cambiar por ti. La diferencia se marca dentro de ti. Recuerda aquellas palabras. Te han enseñado que debes amar. Que debes perdonar. Amar a las personas, a la vida, perdonar a los demás, perdonarte a ti mismo. La fe puede ser fuerte, puede ser débil, o puede desaparecer. Pero no queda vacío. No queda un hueco de nada en el lugar donde antes estaba. Queda todo lo que fuiste. En todo tu ser. Si pierdes la fe, no se pierde ninguna parte de ti. Eres lo que eres por miles de razones, millones. Una de ellas ha sido la fe que has tenido durante toda tu vida. ¿Dejarás de amar? ¿Dejarás de ser imperfecto, de enfadarte y de llorar, de salir a despejarte con tus amigos o de reírte con tus hermanos?

Abrevia.

Puedes llamarme Dios, o puedes llamarme conciencia o puedes llamarme soliloquio. Pero tanto si soy una cosa u otra te conozco muy bien. Sé lo que piensas. Aunque tú mismo tengas tus dudas. Pero recuerda. Si vas a ver a Dios, no lo veas como alguien en quien creer o no. Míralo como aquello que para ti tiene sentido. Como aquello en lo que está en todas partes. En todos los lugares y en todas las personas. Y si no existe recuerda que sí existen esos lugares, y existen esas personas. Eso no va a cambiar. Como no debes cambiar tú. O sí, pero para bien. Siempre para bien. No es cuestión de religión. No es cuestión de fe. Es más bien un todo. Quizás haya vida detrás de la muerte, quizás no. Quizás exista Dios, quizás no. ¿Pero sabes lo que existe? Esta vida. Si Dios existe, está en ella. Si Dios no existe, la vida sigue ahí como ha seguido hasta ahora. Tú puedes hacerlo. Porque no se pierde nada en ti. Sigues siendo tú.

Entonces... No lo tengo claro. ¿Ha desaparecido mi crisis de fe? ¿Creo o no?

La pregunta que realmente estás deseando hacerte es: ¿Importa o no?

Ya sé lo que debo hacer.

Vive. Ama. Muere. Y todo lo demás vendrá.

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